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Con un hombre de menos casi todo el partido, Tigre se lo dio vuelta a un pobre Argentinos

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“Olé, olé, olé, olé, Chinooo, Chinoooo”. El grito bajó desde los tres costados del estadio José Dellagiovanna. Todos confiaban en él. Claro, en un partido que comenzó de un modo que ni el más pesimista de los hinchas de Tigre lo hubiera imaginado, esperaban que el siete con su andar cansino les regale una tarde de esperanza. Y la épica se dio.

A los 42 minutos, Carlos Luna picó al primer palo y Walter Montillo detectó su movimiento. La pelota fue ahí, a media altura, donde más les duele a los defensores. El Chino voló de palomita y con su cabezazo desató la alegría en Victoria bajo la lluvia incesante. Esa lluvia que se mezclaba con las lágrimas de Luna mientras en la pantalla gigante figuraba su nombre en la tabla histórica de goleadores del club. Lo festejaron los matadores, lo padecieron los de Argentinos. El gol casi agónico no significó solamente una bocanada de aire para ilusionarse con la permanencia, sino que empujó a Ezequiel Carboni a la renuncia luego de un período donde solo logró sumar un punto en seis partidos.

Aunque claro, en ese mismo arco, donde hace tiempo no habitan visitantes, Francisco Ilarregui había ilusionado a Carboni con revertir esta racha adversa que parece interminable y enderezar el barco de un Argentinos que está perdido en el juego y amenazado en la tabla de promedios. Es que Augusto Batalla salió lejos de su área, fue gambeteado por Gastón Verón, que perdió el gol de manera inexplicable, y protestó al árbitro por un golpe.

En la euforia del reclamo recibió amarilla y casi sin querer pecheó al árbitro Andrés Merlos que no dudó y lo expulsó. Y partir de allí, Argentinos capitalizó ese cimbronazo y empezó a dominar. El más movedizo del conjunto de La Paternal, Ilarregui, tuvo su premio: tras una contra con superioridad numérica, el punta encaró a Diego Sosa y le salió un golazo, aunque los más osados dirán que la quiso clavar allí, de emboquillada sobre Gonzalo Marinelli, que ocupaba el lugar de Batalla. Un grito sagrado que corta con la racha adversa sin convertir pero no alcanzó para volver a sumar de a tres.

Inexplicablemente, Tigre se convirtió en protagonista. Fue sin tantas ideas claras pero con mucha ambición y deseo por salir del fondo del mar. Diego Morales y Matías Pérez García se convirtieron en los abanderados del ataque, pero Federico González no pudo aportar su cuota goleadora. Argentinos cedió pelota y terreno, se propuso defender y salir de contra.

La segunda etapa transcurrió bajo la misma coyuntura. La figura de Menossi comenzaba a emerger y empujaba al local contra el arco de Cháves. Parecía que no era la tarde, no había caso: la pelota, rebelde, no quería entrar. Hasta que el propio Menossi decidió cambiar por un golazo un tiro libre a metros de la medialuna del área.

El final fue un subibaja de emociones constantes, que llegó al éxtasis cuando Luna se reencontró con su amor de siempre: el gol.

Fuente Clarin

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