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El drama de la nena que desapareció en Punta Indio: el sueño roto de la madre y la historia de su padrastro, preso por abusarla

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Abril aseguró, de acuerdo a fuentes de la investigación, haber estado en "una casa abandonada".

Magdalena C., de 35 años y criada en La Plata, había llegado a la localidad bonaerense de Punta Indio en 2017 con sus dos hijas, de por entonces 8 (A. se preserva su identidad por ser menor de edad) y 2 años. Se instaló en una casa a pocos metros del río en una apuesta que, según su entorno íntimo, combinaba aspectos ideales de su idiosincrasia: un terreno grande y rodeado de naturaleza, un entorno de silencio y canto de pájaros al alba, un campo con huerta y sin animales por su militancia en el veganismo. Buscaba en Punta Indio lo que, en efecto, había sido una exploración frecuente y nómade en su vida adulta: en anteriores experiencias, ya había probado suerte en Córdoba, en Verónica y en otros pueblos cercanos al Río de La Plata.

Pero lo que pocos sabían de ella era que su anhelo de vida idílica tenía, como suele ocurrir en estas historias, una cara de infortunio, una suerte de pasado que borrar. El padre de A. había fallecido antes de que la niña naciera. Y tiempo después, en Córdoba, Magdalena había vivido un suceso atroz: su pareja de entonces había abusado sexualmente de A. Enterada del hecho, Magdalena lo denunció y la justicia dictó sentencia. El hombre hoy continúa preso por esta causa en esa provincia, confirman varias fuentes judiciales.

La vida de Magdalena, comenzado el 2019, sufrió nuevos reveses. Refugiada con sus hijas en su casa de Punta Indio y bajo vaivenes económicos, no le era fácil conciliar una estabilidad emocional. Había conflictos familiares que le costaba resolver y junto a sus padres y con la intervención del servicio local de Niñez y Adolescencia, entonces, decidieron que A. fuera a vivir a la casa de ellos, en City Bell, por un lapso cercano a los 50 días.

Mientras tanto, todos empezaron una terapia familiar en La Plata. “Durante ese tiempo que vivió con sus abuelos, Magdalena nunca dejó de tener contacto con su hija. Y también con ellos fue consensuado que hace aproximadamente 16 días la nena volviera a Punta Indio. Ella había pedido regresar y en la familia estuvieron de acuerdo”, cuenta al portal de noticias Infobae una empleada del servicio local de Niñez y Adolescencia.

Fue en ese tiempo que Magdalena conoció a una nueva vecina, Victoria Agüero, de 33 años. A fines de marzo de 2019, Victoria había llegado con su pareja, Emanuel Eric Rivarola, de 21, tras vivir en la casa de la familia de Rivarola en Merlo. A los Rivarola, Victoria no les agradaba, se hablaban poco.

En aquel momento en Punta Indio, vivía con ellos uno de los dos hijos de Victoria pero luego se fue a Buenos Aires y la pareja quedó sola, Victoria no habría vuelto a tener contacto con el chico. Victoria y Emanuel tuvieron el sentido de oportunidad que muchos tienen con Punta Indio, un paraje costero que, además de un entorno boscoso y selvático, ofrece un aislamiento para vidas que necesitan de anonimato, calma y vivienda. Porque si hay algo que proliferan en la zona son las casas y los terrenos abandonados. En efecto, Victoria y Emanuel se instalaron en una finca en el centro de Punta Indio, a la vista de todo el mundo. Por eso, quizás, una de las vecinas llamó a la policía y en pocos minutos un patrullero fue a visitarlos.

La nena de 10 años tras su aparición el martes por la mañana.

“Lo que llamó la atención fue que eran dos extraños que de repente querían vivir en una casa al paso de los transeúntes. Entonces vino la policía, charló con ellos, a sabiendas que el terreno lo estaban usurpando, pero no tuvieron mayores problemas. Acá es usual que la gente ocupe las tierras. Hay algunos que la usan como especulación inmobiliaria para alquilarlas en el verano, hay otros que quieren una vida más tipo hippie y otros simplemente buscan un lugar tranquilo donde vivir, cerca del río y lejos de la ciudad. Se hacen cargo de los impuestos y empiezan a habitarla”, cuenta Vanessa, una joven que vive en la zona. Todavía no queda claro para los funcionarios de la zona si la casa fue usurpada, Agüero y Rivarola dicen haberla comprado.

Varios lugareños desmintieron que exista una comunidad hippie, tal como ocurre en otros lugares del país como en San Marcos Sierra o El Bolsón. “Creen que somos menonitas en Punta Indio”, ironiza Vanessa, una vecina, sobre los relatos que circularon sobre ellos. Y agrega: “Acá hay gente de todos los palos. Hay laburantes, pescadores, docentes, gente que vive una vida más informal y otros que son más hippies. Lo que sobresale es que hay muchos que se construyen su propia casa con diseño de permacultura y hacen su propia huerta con la participación de vecinos. Y un grupo también nos organizamos y hacemos movidas culturales y políticas, con la participación de una radio comunitaria, como las que realizamos para pedir justicia por el asesinato de Sebastián Nicora, un caso de gatillo fácil que ocurrió en la misma playa donde A. había ido a buscar su muñeca antes de desaparecer”.

Pero no todas las viviendas son de permacultura: en un recorrido por el lugar se comprueba que, además de casas sencillas de material, también conviven casillas precarias de chapa y madera junto a casaquintas y cabañas, destinadas al turismo que llega a partir de diciembre, en temporada. Y el cinturón costero está repleto de kioscos, comidas al paso, alquiler de botes y venta de carnadas y cañas: una de las actividades centrales de Punta Indio, más allá de la religiosa siesta pueblerina, suele ser la pesca.

Nada de eso pareció importarle a Victoria, dibujante y fanática del manga, que con el correr del tiempo se fue ganando la confianza de Magdalena y se encariñó especialmente con A. Las visitas a su casa comenzaron a ser más habituales, y la incipiente amistad se rompió cuando Magdalena notó que la relación con su hija era atípica. “Sintió una intromisión cada vez más intensa», dice una importante fuente de las pericias psicológicas del caso :»Magdalena veía cómo Victoria la cuestionaba en la crianza de A., cómo le decía que tenía que hacer tal o cual cosa, cómo se metía en su educación. Entonces le puso un paño frío a la relación. Creemos que eso habría enfurecido a Victoria”.

Cuatro días antes de su detención, cuando no había piste firme sobre la desaparición de A., Victoria Agüero recibía a las cámaras de televisión en su casa, distante a tres cuadras de la de Magdalena. Para los casi 600 habitantes de esta localidad que en verano suele ser el balneario más popular de la zona, no era un rostro demasiado conocido. Para los televidentes, sin embargo, su irrupción parecía la de una heroína.

Las palabras sonaban convincentes. Victoria se predisponía, incluso, a ser investigada y decía, casi en tono irónico, que la policía le había secuestrado su celular: “No van a encontrar nada raro porque no tengo nada que ocultar. Soy un simple ilustradora, dibujante”. Luego, con la mirada tímida debajo de anteojos cuadrados, contaba también que era enfermera, que tenía dos hijos y que había visto a A. antes que desapareciera el miércoles pasado a la tarde, en la playa El Pericón.

“Magdalena estaba forzando a su hija a ser hippie. A. no quería estar ahí, la pasaba mal, seguro se fugó por su cuenta. La denuncié a su madre por malos tratos. Pedí la guarda de A.”, dijo Agüero.

Mediática: Victoria Agüero denunció a la madre de la nena en entrevistas. Sus dichos resultaron ser falsos.

Lo que tal vez Victoria Agüero no se imaginaba era que su relato estaba siendo observado con lupa por los investigadores. A ellos no les llamaría la atención que dijera que con A. leían la biblia en su casa ni que era seguidora de los Testigos de Jehová ni que por último mirara a cámara y dijera a viva voz, suplicando: “A. volvé, tu mamá no va a volver a hacerte nada”. Los desvelaban otros datos: esa supuesta denuncia no existía en sede judicial y, además, tampoco había pedido la guarda formal de A. El foco se fue centrando, lentamente, en ella y su pareja Emanuel. Victoria pasaría de heroína a villana, en uno de los casos más extraños de la historia reciente, algo para los psicólogos y psiquiatras forenses, y no para los equipos de criminalística.

Es que, hasta que se anunció la aparición de A. este martes en las primeras horas de la mañana, el pueblo desayunaba con la versión de la “mala madre” en los noticieros de turno. Todos apuntaban a Magdalena y sus supuestos maltratos y agresiones, a Magdalena y sus negligencias como madre hippie, a Magdalena y sus irresponsabilidades familiares.

“El plan de Victoria fue demonizarla mientras aparentaba una supuesta preocupación como buena vecina», agrega otro investigador principal: «Lo raro fue que la única vez que apareció Magdalena en cámara fue dando una entrevista al borde de las lágrimas, diciendo incluso frases confusas como ‘Ella lo sabe todo’. Nos preguntábamos cómo no salía a defenderse públicamente, ni tampoco sus padres, más teniendo en cuenta que su papá había sido decano de la facultad de Ciencias Naturales y su palabra tenía cierto prestigio”.

¿Fue por la conmoción que Magdalena y su familia no salieron a responder las graves acusaciones que hacían Victoria y su pareja en los medios? ¿Los paralizó el dolor por la desaparición de A. para no detener a una voz que, durante varios días, se convirtió en la fuente difamatoria por excelencia? ¿Por qué recién cuando apareció la niña el ex decano salió a decir ante los medios: ”Fue muy doloroso ver cómo ensuciaron a mi hija mientras se llevaba a cabo el secuestro”. A partir de la desaparición de A., el pueblo se dividió en opiniones disímiles pero lo que más indignó a los lugareños fue cuando Victoria expresó que Punta Indio era un pueblo “de refugiados”.

Es martes al mediodía y el cerco policial se cierne a dos cuadras de la casa de Victoria, frenando la avalancha de los medios. Otra de sus vecinas, de nombre Mercedes, se jacta de su suspicacia. “Le decía a mi marido que era raro que se mostrara tanto en cámara. Acá en Punta Indio no somos de aparecer tanto en los medios, por ahí en el verano que vienen bastantes al río o a pescar. Y ella abrías las puertas de su casa como si nada. Y encima se maquillaba y hablaba del lugar con desprecio, no era una de las nuestras”, dice.

A su lado, una mujer llamada Viviana dice que es común que los chicos jueguen solos en la playa, que salvo en épocas de calor cuando se llena de turistas desconocidos, la vida en Punta Indio es tranquila y segura. “Recién jodíamos con que es un pueblo donde nos conocemos todos pero mirá lo que pasó», dice Viviana, riendo, a la vez que se cubre la cara con su brazo derecho de las primeras gotas de lluvia que comienzan a caer levemente sobre la calle de tierra: «De golpe vienen dos personas que nadie conocía y terminan secuestrando a una nena. Todo el tiempo llegan extraños, pero los más están de paso y se van. Nunca nos imaginamos que podía llegar a pasar algo así”.

Casi todo Punta Indio había declarado en sede policial. Todos parecían tener algo que aportar. Todos parecían tener un rumor con sentido de verdad. La búsqueda fue tan desesperada que hubo escenas desmesuradas: una empleada de la terminal de Verónica, a 20 kilómetros de Punta Indio, contó que durante una mañana dos policías allanaron un micro que llegaba desde La Plata. Hicieron bajar a una madre con su niña y creyeron que se trataba de A. Las apartaron e interrogaron durante varios minutos. A la nena la hicieron llorar del susto.

“Antes los pibes vivían en la calle, si acá no pasa ni el loro. Y ahora que pasó esto y que salimos en todos los canales, no quieren salir ni a caminar” asegura Liliana, otra vecina de la zona.

“No entiendo, no me entra en la cabeza lo que hicieron con la nena”, enfatiza luego, en una frase que se repite alrededor de la costa: nadie se explica el cómo ni el por qué, ni el motivo de la desaparición de A.

¿Habrá sido el de Victoria y su pareja, un oasis de horror propio en medio del aburrimiento, tal como le fascinaba narrar al escritor chileno Roberto Bolaño? ¿Esos seis días de tener el control del destino de A. fueron, de alguna manera, su instante de protagonismo, de rebeldía?

Hacia allí apunta, en rigor, la hipótesis central de la investigación. “Es difícil pensar en un hecho de extorsión o de trata. Esto se relaciona más con lo obsesivo, lo patológico, lo vincular. Hay como una cosa infantil de salvarla de un peligro, de ayudar a la niña en la mente de estas personas que se mezcla con un plan siniestro de difamar a su madre y de ser los buenos de la historia. Lo que resulta claro es que la nena no pudo haber estado a la intemperie con el temporal que hubo y jamás habría sobrevivido ni habría llegado en las óptimas condiciones con las que apareció”, dice en confianza una fuente clave en el expediente.

¿Pudo una niña descripta como desenvuelta y de una madurez por encima de la media de su edad ser objeto de una manipulación sostenida en el tiempo por una vecina que apenas se había mudado meses atrás a la zona?

Quedan preguntas, entonces: ¿por qué A., una vez que volvió a aparecer, no se reencontró con su madre y pidió seguir viendo a Victoria y luego fue conducida a un hogar de abrigo en La Plata por decisión de la justicia?

¿Si la pareja no se hubiera quebrado ante la Justicia los operativos de las múltiples fuerzas habrían seguido buscando pistas falsas? ¿Victoria fue el principal cerebro que incluso fue capaz de convencer a su pareja, a la que lleva más de diez años de edad?

¿Hay posibles cómplices que ayudaron a mantener cautiva y en buenas condiciones de salud a Abril mientras la pareja se mostraba en los medios? ¿Pudo haber estado secuestrada en una casa abandonada a 6 kilómetros de Punta Indio cuando los informes policiales daban cuenta de rastrillajes sin resultado por toda la zona?

El eco de la fatalidad se rompió con la aparición de A., a casi una semana de su desaparición. Sin embargo, el misterio en torno al caso sigue disparando preguntas aún sin respuesta: el expediente parece haber apenas comenzado y el desenlace está lejos de una resolución sencilla. Se espera que A., eventualmente, declare en cámara Gesell. Agüero y Rivarola serán indagados en el transcurso del miércoles.

En el pueblo, mientras tanto, se respira alivio. Nada volverá a ser como era.

Fuente Infobae

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