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«Él le decía que lo iba a matar y se iba a matar él también», contó la tía del bebé asesinado

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DESESPERADA. Micaela se desmorona frente a la casa de su ex, con la foto de su hijo en las manos. FOTOS LA GACETA/ANALÍA JARAMILLO

San Miguel de Tucumán.- ¿Cuántas veces una amenaza deja de ser solo un conjunto de palabras para convertirse en realidad? Imposible saberlo, cómo fue imposible que Micaela Lucena supiera que su ex pareja mataría al bebé de ambos y luego se quitaría la vida él también.

Tal vez no lo haya creído ni siquiera en el momento en que atravesó la puerta de la habitación de Raúl Adra y sus ojos observaron lo que ninguna madre quisiera ver: Santiago, de un año y seis meses, estaba muerto al lado del cuerpo de su padre.

La acompañaba su hermana, Natalia Lucena, con quien había ido a buscar a “Santi” hasta esa casa de Alem al 2.300, en el barrio Álvarez Condarco de la capital tucumana. No sabe con qué fuerzas sacó de allí a esa madre que se derrumbaba por dentro después de haber esperado a su hijo durante toda la noche.

Micaela y Raúl ya llevaban un tiempo separados. “Ella lo dejó porque era violento y tampoco le ayudaba con el chiquito. Lo dejaba que lo viera pero hasta cierto horario, nunca más de las 10 de la noche”, contó Natalia, desbordada.

Ayer Raúl se presentó en la casa de su ex y le pidió permiso para llevar al bebé al circo. Micaela se lo dio con la condición de que regresaran a las 22. Pero llegada esa hora, el tiempo empezó a correr y no había noticias de ninguno de los dos.

“Ella se cansó de llamarlo por teléfono y él no atendía, así que esta mañana nos vinimos a buscarlo. Entramos y estaban los dos colgados”, relató la tía con la respiración entrecortada.

RAÚL ADRA. FOTO TOMADA DE FACEBOOK

Entonces regresaron a su mente todas las amenazas. “Mi hermana ya había hecho denuncias porque él la amenazaba, le decía que ella no iba a ser feliz, que lo iba a matar y se iba a matar él también, lo estaba planeando todo”, dijo Natalia. “Micaela tenía las amenazas en su celular, pero él se lo robó”, agregó.

Todo indica que Raúl estaba despechado y buscaba vengarse. Según explicó Natalia, “él quería volver y ella le puso como condición que hiciera un tratamiento porque siempre tomaba y se perdía, y eso no era bueno para el chiquito”.

Mientras la joven hablaba, policías y personal del Ministerio Público Fiscal entraba y salía de la casa donde todavía estaban los cuerpos. “No sabés lo que es entrar a esa pieza y verlo colgadito. No sé qué pasó, qué le entró en la cabeza”, repetía, desconcertada.

A pocos metros del lugar, detrás de una cinta plástica que delimitaba la zona, Micaela se desgarraba de dolor. “¡Me ha matado mi hijo! ¡Estaba ahí, colgadito, mi hijo!”, les gritaba casi sin voz a los parientes que llegaban. Ni los policías ni los vecinos sabían qué decir; solo se limitaban a observar la escena con horror. Otra amenaza acababa de hacerse realidad.

Era cerca del mediodía, pero las luces azules de los patrulleros estaban encendidas. Algunos vecinos se habían atrevido a salir a la vereda, otros miraban desde la ventana. Solo se escuchaban llantos y el ladrido de los perros.

Fuente La Gaceta

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