Inicio Policiales Femicidio y suicidio en el campo: la historia íntima del crimen que...

Femicidio y suicidio en el campo: la historia íntima del crimen que conmociona a Punta Indio

0
Noelia Maldonado y Ariel Baldomero Sives.

-¿No lo viste raro a Ariel, vos?
Cerca de las once de la mañana del sábado 7 de septiembre, en un campo de la localidad bonaerense de Verónica donde trabaja como encargado, Mariano Maldonado le habló a su pareja mientras ella ponía la pava para el mate en su casa de la pequeña ciudad cabecera del partido de Punta Indio, a noventa kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires.

-No. ¿Qué pasó? –respondió ella, sobresaltada.
-¿No viste que estaba muy cariñoso con el nene de ellos y los chicos?
-¿Y?
-Él no es así, es un tipo seco. Fue raro.
-Ay, dejá de imaginarte cosas.

Media hora antes la hermana de Mariano, Noelia, había bajado de la camioneta de su pareja, Ariel Baldomero Sives. Detrás de ellos estaba el hijo que tenían en común, de cuatro años. Mariano y Noelia charlaron un rato, dejaron a Mariano al cuidado del chico, como solían hacer cuando Noelia y Ariel se iban a trabajar al campo.

Mariano entonces vio a Ariel en una conducta que le era infrecuente.

Sentado en un tronco, distante y con los brazos extendidos, su cuñado abrazaba a su hijo con un cariño que apenas mostraba en público: el hombre usualmente era rígido y saludaba con la mano firme, «como un macho», a su pequeño, el más chico de sus seis hijos – tenía tres de un matrimonio y dos de otra pareja-. Y no sólo eso: lo llenaba de besos. También invitaba a los dos hijos de Mariano y esa imagen, la de él haciendo un abrazo gigante con los tres, es la que no pudo borrarse de la retina cuando minutos después tomaba mate con su mujer y comentaba lo que había pasado.

Mariano no podría saberlo en aquel momento, jamás lo hubiera imaginado: Ariel se despedía. Lo sabría después por otras personas: Ariel también había visitado en esa semana a amigos y familiares en Chascomús y Magdalena para darles lo que parecía ser el último adiós.

La estancia Todos los Santos, la escena del hecho. (Natalia Chudoba)

Cuando ese sábado, horas después de dejar el niño, Noelia no respondía los mensajes, Mariano entendió que algo había que no encajaba. Noelia era de estar con el celular en la mano, casi vivía «en línea» en el WhatsApp. Mariano aguardó una respuesta, pero los mensajes estaban marcados en un solo tilde. A la tarde llamó a un amigo. Fueron hasta la casa de Noelia, a lo de sus amigas, pasaron por uno de los campos que alquilaba Ariel.

La noche se presentaba fría y con neblina. «Vamos a buscarlos al campo de Jonte», dijo Mariano, ya harto de la espera, y salieron para la ruta.

Sives, de 51 años, dedicado en los papeles al negocio del ganado, socio en una sociedad de hecho dedicada al rubro de kioscos, alquilaba dos campos para la cría de animales: vacas, chanchos y caballos. En uno de ellos llamado Estancia Todos los Santos, a 500 metros de la Ruta 36 y cerca del poblado de Álvarez Jonte, Noelia Maldonado, de 25 años, solía hacer pruebas de rienda, como se le llama a las destrezas de galope y doma. Así había conocido a su pareja cuando todavía era menor de edad. Ahora llevaban ocho años juntos.

Noelia se destacaba: era la mejor jinete en su género en un ambiente dominado por hombres, venía de ganar un premio en una competencia en Chascomús y luego se había reunido con el intendente local para organizar clases de equinoterapia para chicos y chicas con capacidades diferentes.

El cartel que indica el camino a la estancia Todos los Santos (Natalia Chudoba)

Caía la noche el sábado 7 de septiembre y fue entonces que Mariano y su amigo atravesaron la ruta 36 con su auto como pudieron: la bruma impedía una vista a mediana distancia. La tranquera del campo estaba abierta. Una huella de barro se dibujaba a campo traviesa. Manejaron 200 metros y vieron la camioneta Ford doble cabina que esa misma mañana había pasado por el campo donde trabaja Mariano. «Mirá dónde estaban estos boludos», fue el primer comentario que cruzaron.

Dieron un giro alrededor de la camioneta y Mariano bajó a las corridas. Vio entre la bruma dos bultos sumergidos en charcos de sangre, una carabina. Dos bultos inertes, que yacían a la intemperie.

Lo primero que hizo Mariano fue patear el cuerpo de Ariel. Luego astilló el parabrisas de la camioneta con un puñetazo. Estaba fuera de sí. Su amigo lo abrazó por la cintura, y Mariano se abalanzó sobre su hermana, que tenía la cara desfigurada por un balazo. Se inclinó y lloró a gritos.

Los dos cuerpos estaban a pocos centímetros entre sí, a un costado de la camioneta y al lado de un grupo de árboles. Según las primeras pericias en la causa a cargo del fiscal Hugo Tesón de la UFI N°8 de La Plata, Sives mató a su pareja por la espalda, después la remató de un disparo en el cráneo y se suicidó de un tiro en la frente.

Sives y Noelia en su camioneta.

Un gran chancho, de los de engorde, estaba en un corral y unos caballos permanecían silenciosos dentro de una manga de ganado, con Mariano de rodillas en el suelo, a metros de su hermana muerta. Los animales habían sido los únicos testigos del femicidio más cruento de la historia de Verónica.

El pueblo aún no pudo salir de la conmoción. Días después, todos hablaban de cómo pudo ser posible que una chica descripta como inteligente, divertida y vivaz hubiera terminado junto a un hombre caracterizado como antipático, violento y hasta supuestamente cuatrero.

El portal de noticias Infobae reunió a amigas de Noelia, que prefirieron no revelar sus identidades ni dar a conocer sus caras. «Acá nos conocemos todos, los chismes vuelan y tenemos respeto por la familia de Noe», dijo una de ellas. Ella era oriunda de Pipinas y hacía un par de años que vivía con Ariel en una casa de Verónica. «Noni» era de andar a caballo por el pueblo y de ir a las jineteadas, «era pura risa, su sonrisa la identificaba y se mostraba como una chica muy dada».

Sobre la pareja hay quienes dicen que Ariel Sives la golpeaba y la maltrataba puertas adentro, pero Noelia nunca lo denunció ni solía hablar con las amigas de ese tema. La relación era inestable, se distanciaban y luego volvían. Lo que sí sabían era que ella tenía los bolsos preparados para irse de su casa.

La casa que víctima y victimario compartían en Verónica (Natalia Chudoba)

Algunas de sus amigas, al presenciar las permanentes discusiones, dejaron de visitarla. Ella tenía una vida pegada a la de él y eso la había hartado: salía para llevar al nene al jardín de infantes, lo esperaba para comer y luego salían a hacer trabajos en el campo. Como ocurre frecuentemente en el pueblo, el hombre era amo y señor de los tiempos y las decisiones, un machismo a ras del suelo. Él siempre llevaba gente a su casa, le gustaba abrir las puertas para que lo visiten. «Ayudaba a mucha gente pero también era traicionero y era conocido por robar en los campos», enfatiza una de las chicas.

«Él la controlaba, le quitaba el rol de madre con el nene. Para mí la tenía amenazaba con el nene porque ya sabía que lo iba a dejar», cuenta otra de las amigas, quien además describe una charla íntima que tuvo hace unas semanas. Dice que Noelia le hablaba de un «gauchito» que había conocido -y que nadie sabía qué relación tenía con él- y que Ariel «no la dejaba ni respirar». La diferencia de edad y el permanente control y las agresiones del hombre eran cosas que se habían tornado insoportables. «Noni», como apodaban a Noelia, se había quebrado y en una de sus últimas conversaciones con una amiga contó que había sufrido un cachetazo.

Una de las hipótesis más fuertes de la pesquisa es que él le revisó una conversación del celular y ése habría sido el detonante de su planificación del femicidio. La investigación supone un plan: él la habría llevado al campo engañada y la sorprendió a disparos de carabina, a plena luz del día y en un campo visible desde la ruta, para después quitarse la vida.

Por los pasillos judiciales se habla de una verdadera matanza a quemarropa, mientras el fiscal Tesón espera la autopsia para establecer la mecánica de los hechos. A una semana de los mismos, la ayudante fiscal del pueblo, Silvina Grassi, dice que Noelia Maldonado «era la víctima menos pensada, se nos escapó del radar. Nunca nos imaginamos que podía llegar a pasar algo así porque no teníamos ninguna denuncia, al hombre lo conocíamos por sus antecedentes de abigeato y cuatrerismo, y hace unos años tuvo una denuncia de abuso sexual de una de sus hijas, y ella misma luego la retiró».

Noelia se destacaba en la jineteada como una joven experta: su pareja y femicida tenía denuncias por abuso sexual y robo de ganado.

Grassi fue una de las primeras en llegar a la escena del crimen, cerca de las nueve de la noche. Lo recuerda y los ojos se le llenan de lágrimas: la noche cerrada, los policías locales esperando en la neblina y el barro a los peritos durante horas, el olor a bosta, la sangre derramada. «Las denuncias por violencia de género crecieron muchísimo en el último tiempo. Hay algún que otro suicidio, pero las agresiones machistas son una constante», dice sentada en su oficina. A 15 kilómetros de allí, la «Estancia Todos los Santos» luce abandonada, con los animales en la espera de sus dueños. Hay guantes de color celeste de los peritos arrojados en el suelo, huellas de camionetas, quijadas de vaca, huesos de terneros y teros que chillan en el silencio de la llanura.

Mariano Maldonado fue el único que apareció después del femicidio de su hermana: con un peón fue a buscar el gran chancho y se lo llevó a su campo. Cuenta que el chico, el hijo de Noelia y Sives, ni pregunta por sus padres. «Para mí que el tipo le metió algo en la cabeza. Debe pensar que se fueron de viaje», dice Mariano, de pie en un galpón del campo que cuida en Verónica, con tono seco, mientras sus padres lo esperan en una casita. «El Ariel era una excelente persona, me ayudó varias veces cuando estaba tirado, tenía buen pasar. Pero no sé por qué hizo esa cagada», larga, como si se lo dijera a sí mismo. «Mis viejos están destrozados», sigue después. Lo único que sabe, además de que le cuesta dormir y da vueltas en la cama hasta la primera luz del alba, es que se hará cargo del menor.

-¿Por algo lo dejaron acá, no? –dice sin más, y estrecha la mano sujetándose la vaina y clavando sus ojos verdes y achinados, el mismo rasgo que su hermana, en la mirada del visitante.

Fuente Infobae

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here