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Dejó Recoleta para combatir la desnutrición infantil, adoptó a 7 chicos en Santiago del Estero y hoy es madre de 9

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De izquierda a derecha. Wanda (12), Anto (7), Emilia (en brazos de Catalina, 1 y cinco meses), Baldomero (2 años y 9 meses), Achi (10), Celina (19), Patri (16), José (14) y Carmen (18) (Julieta Ferrario)

En su departamento de la calle Libertad de la ciudad de Buenos Aires, Catalina Hornos (34) habla sin prisa. Nada la perturba mientras sus nueve hijos circulan entre la tarea de la tarde, dibujos con marcador y mamaderas. Detalla los números de Haciendo Camino –la organización que preside, desde hace más de diez años, cuando decidió involucrarse para trabajar contra la desnutrición infantil en Santiago del Estero– mientras escucha pasar a Patri (16) e ipso facto le pega un grito para saber cómo le fue en la prueba de matemática. Además, relojea con qué juega Baldomero (2 años y 9 meses). Y le saca los mocos a Emilia (1 y cinco meses). Todo con una habilidad asombrosa para estar acá y allá, al mismo tiempo.

Su departamento no es grande y los muebles tampoco son nuevos. Hay más juguetes, sillas y fotos familiares, que muebles de decoración. No falta nada, pero tampoco sobra.

Catalina Hornos tiene la tutela –que es definitiva y vino después de la guarda– de Celina (19) –que va a la facultad–, Carmen (18) –va a un colegio especial–, Patricia (16), José (14), Wanda (12), Abigail (10) y Antonella (7), que están en la escuela. Les siguen Baldomero y Emilia.

Pero además, en agosto nacerá la décima, una mujer, «para la que con Jorge aún estamos discutiendo el nombre», señala. Jorge De All (43) es su marido, médico clínico y el padre biológico de sus tres hijos menores.

«Nos íbamos a casar en diciembre de este año, pero vino esta niña de regalo. Así que quedará para el año que viene», revela Caty. Así la llaman sólo dos de sus nueve hijos. «Ellos siempre me dijeron como quisieron. Todo fue natural», apunta mientras le reconfirma a las tres mayores que esa noche salen a comer las cuatro juntas «para tener un rato para charlar tranquilas».

Catalina Hornos es psicóloga y psicopedagoga

–¿Cómo es el hambre en Santiago del Estero?

–Ahora está tremenda. Cuando empecé a ir (en 2005) la gente comía una comida por día. Y mate con tortilla, a la noche. Los últimos días del mes, por ahí no les alcanzaba. Ahora la situación está muy grave. La inflación hace que no alcance… de verdad. Veo más hambre y más desnutrición. Porque para un chico que ya tiene ocho meses, la teta no es suficiente. Y si come sólo pan, se empieza a desnutrir. Entonces no tiene energías. Le cuesta pararse y jugar. Está irritable. Tiene el pelo seco y los ojos saltones.

-¿Y en Añatuya específicamente?

-Siempre se dijo que Añatuya es la diócesis más pobre del país. Mucha gente no tiene documento, ni asignación universal por hijo. Allá sí que no hay trabajo. Una vez noté que una de las chicas de uno de los centros estaba mal. Entonces le pregunté qué le pasaba y me dijo: ‘Hace una semana que no como. Hay pan, pero es para mis hermanos. Son ocho. Y el mate es para mamá, que está embarazada’. Y lloraba de hambre.

Hornos dejó Recoleta para viajar a combatir la desnutrición infantil en Santiago del Estero

Dos mundos separados por 900 kilómetros

Catalina creció en Recoleta y se educó en el Colegio Mallinckrodt. «Cuando iba a misa con mi familia, había una chica que nos cuidaba el auto y se llamaba Andrea. Teníamos doce años y yo jugaba con ella, hasta que dejó de venir. Entonces me contaron que había sido mamá. Me impactó. De pronto: ¡Qué distintas eran nuestras vidas!», cuenta Catalina sobre aquella vocación social incipiente, que siguió desarrollando con las actividades misioneras del colegio durante las vacaciones de verano.

«En casa, mi hermana mayor era muy solidaria. Con su primer sueldo compró zapatillas para chicos de la calle. Me llevaba al Hospital De Niños pero yo no lo soportaba. Hoy está conmigo en la comisión directiva de Haciendo Camino», agrega sobre los cimientos de una organización que tiene más de diez años combatiendo la desnutrición infantil.

Ahora la situación está muy grave. La inflación hace que no alcance… de verdad. Veo más hambre y más desnutrición. Porque para un chico que ya tiene ocho meses, la teta no es suficiente. Y si come sólo pan, se empieza a desnutrir. Entonces no tiene energías. Le cuesta pararse y jugar. Está irritable. Tiene el pelo seco y los ojos saltones

Catalina en Añatuya, Santiago del Estero (Mercedes Noriega)

–¿Cómo llegaste a Añatuya?

–Estudiaba psicopedagogía en la UCA y una amiga me comentó que había unas becas para pasar un cuatrimestre en Santiago del Estero. Tenía veinte años y me fui a vivir a una escuelita, dónde hacía apoyo escolar. Había terminado de cursar y sólo me quedaban finales. Volví, pero empecé a ir y venir cada vez más seguido. Hasta que a los 22 dije: «Me voy a vivir a Añatuya». Para mi familia fue traumático. Pero yo notaba que en Buenos Aires tenía reemplazo. Allá, no. Era la única psicopedagoga. Podía cambiar la realidad. Además, si pedía ayuda, la gente de Buenos Aires me la daba. Mandé un mail en el que contaba lo que estaba viendo y pedí plata. Descubrí que podía ser un puente entre dos realidades. «Vengo de un mundo con muchos recursos. Lo tengo que aprovechar», pensé. Así empecé a recibir donaciones.

–Y además te recibiste de psicóloga.

–Es que necesitaba más herramientas. No me alcanzaba con lo que sabía. Me encontraba con casos de violencia y abuso. Por eso me vine dos años a estudiar a Buenos Aires. Y volví a Añatuya en 2009. Entonces ya tenía un proyecto grande. No sabía nada de cómo liderar una organización, pero nos vinculamos con empresarios que nos pedían hacer balances, mostrar números, pensar objetivos. Y me quedé viviendo allá seis años. Venía poco a Buenos Aires, y cada vez que lo hacía, me impactaba.

Haciendo Camino tiene más de 10 años y Hornos viaja todos los meses para trabajar en la fundación, que tiene su base en Añatuya (Santiago Calderon)

–¿El contraste?

–Sí. Sentía: «La gente se muere de hambre en Santiago y acá a nadie le importa». Veía que dejaban la luz prendida y el agua corriendo. Me costaba mucho. Muchos me decían: «¡Qué horror lo que ves!», pero al toque me cambiaban de tema. Y yo pensaba: «¡Qué me escuchen!». Además, mis amigas estaban en plena joda. Yo ya no estaba tan adentro. Aceptaban lo que yo hacía pero era un poco «rara». Mientras tanto, Haciendo Camino seguía creciendo. Incorporábamos voluntarios y profesionales.

Bien rumbeados

Haciendo Camino es una asociación civil sin fines de lucro que tiene doce centros: once en Santiago del Estero y uno en el Chaco. Además, cuenta con dos hogares. Uno para chicos judicializados y otro para madres e hijos que sufrieron violencia.

«Tenemos cuatro programas: nutrición infantil, para embarazadas –muchas de ellas adolescentes–, de oficios –son alrededor de 600 mujeres– y espacios para la primera infancia», detalla Catalina y agrega: «Le enseñamos a las mamás cómo administrar el dinero. Damos leche, pero actualmente no tenemos plata para dar bolsones».

El retrato de la familia súper numerosa

–Hablás de violencia machista y abusos, ¿es muy frecuente?

–Hay muchísimos casos de abuso que casi siempre son intrafamiliares, de conocidos o vecinos. Además, la mayoría de las mujeres en Santiago sufren violencia física o psicológica. Damos charlas para que los chiquitos sepan hablar cuando les pasa algo. Y educación sexual, para que las mujeres sepan cómo evitar tener un hijo a través de métodos anticonceptivos. Les damos la información. No imponemos nada. El machismo está muy arraigado. Muchos maridos les dicen: «¡¿Te cuidás porque te querés acostar con otro?!» Nosotros les enseñamos a empoderarse para decidir. Y hoy en día se habla tanto del tema, que son muchas las mujeres que llegaron al hogar de víctimas de la violencia. Se van dando cuenta que no merecen ser maltratadas.

–¿Qué necesita Haciendo Camino?

–Somos una gran organización pero estamos mal económicamente. Vivimos de donaciones. De empresas, para los programas. Y de padrinos, para solventar el seguimiento nutricional de los chicos. Algunos donan 700 pesos por mes, ¡pero necesitamos que sean más! En la web –www.haciendocamino.org.ar– está la posibilidad de ayudar.

Hornos comenzó a ir a Añatuya en 2005

Una mamá de diez

Caty cuenta que siempre supo que iba a adoptar chicos e incluso pensó que no iba a tener biológicos. «¡No sé si imaginaba tantos!», apunta entre risas mientras todo a su alrededor es un ir y venir de niños que se saben hermanos. Entonces explica cómo su compromiso social viró hacia la maternidad.

«En noviembre de 2012 teníamos sólo el hogar de mujeres y nos pidieron que alojáramos a cuatro hermanos que tenían que dejar su casa por violencia y sin su mamá. Los tomamos y me fui a vivir con ellos. Iban a ser unos días pero se fueron quedando. Al mes nos trajeron dos hermanitas más. Y ahí nos dimos cuenta que teníamos que abrir un hogar de niños. Al año siguiente, llegó Anto. Los cuidé y me convertí en su referente. Creamos un vínculo de familia. Vivimos allá durante tres años. Hasta que decidí venirme a Buenos Aires, después de decirle a mi novio: ‘Voy, pero voy con todos», detalla Caty.

–¡¿Cómo fue que te pusiste de novia mientras criabas siete chicos?!

–A Jorge lo conocí porque él también tiene una fundación. Es médico y recorre zonas rurales. Lo contacté para pedirle especialistas para Monte Quemado. Empezamos a salir a distancia. Teníamos una relación, pero yo seguía en Santiago y él en Buenos Aires. No fue fácil. Venirme fue toda una apuesta. Yo quería avanzar en la relación, pero no pensaba abandonar a los chicos. «Traelos, obvio», me contestó. Y así fue.

Una postal familiar y navideña

–¿Los adoptaste?

–Es que no están declarados en adopción porque la Justicia funciona muy mal. Sí tengo la tutela, que es definitiva. De hecho, en nuestro hogar nunca tuvimos un chico declarado en adopción. Además, la gente quiere bebés. Y yo aliento a adoptar chicos grandes. Porque como primero se busca privilegiar el vínculo con la familia biológica, la adopción tarda en salir. Si un tío o un pariente lo visita, el tiempo va pasando. Entonces los chicos van creciendo y no son adoptados por miedo a la historia que traen. O sólo quieren chicos sanos. Y en realidad, son sólo niños que sufrieron situaciones tremendas, pero necesitan una familia que les de afecto para tener una vida con posibilidades.

–¿Por dónde dirías que pasa la satisfacción de la vida que elegiste?

–Por verlos crecer en sus logros. Pasar de grado y tener amigos. Por ejemplo Celina, la mayor, ya va a la facultad. Estudia Trabajo Social y le va re bien. Cuando llegó a vivir conmigo, había dejado el colegio. Pero retomó y acá terminó el secundario. Lo hizo a conciencia. Ahora tiene a su novio acá. Por ahí algún día vuelve a Añatuya, no lo sé. Porque más allá del dolor enorme que pueden haber pasado, si les das una oportunidad, tienen todo para salir adelante.

Caty está embarazada y espera su décimo hijo

–¿Qué no sabemos de la pobreza?

–No hay nada que no se sepa. El problema es que se sabe mucho pero no se la conoce en serio. Hay historias detrás de «la pobreza». Se saben los números, pero no cómo se siente. Es fácil escuchar: «Hay gente que no tiene para comer». Lo difícil es sentarse cara a cara con alguien que te dice: «No como hace una semana». Después de eso, ¿cómo no comprometerse?

Fuente Infobae
Fotos: Julieta Ferrario

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