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El sueño de Pablo es lucir en la camiseta de Boca el apellido de la familia que lo crió

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UN ABRAZO LLENO DE AMOR. Pablo abraza a sus padres del corazón luego de que conocieran la decisión judicial; la familia vive en Tafí del Valle. FOTO LA GACETA/ANALÍA JARAMILLO

Es de noche y el frío cala los huesos en los Valles. En una pequeña pieza, en la que caben apenas dos cuchetas, duermen los Gómez. Están la mamá, el papá y los cinco hijos. No hay energía eléctrica. Desde hace un año viven así. Ni siquiera tienen una mesa para comer cada día la polenta. Pero no es eso lo que le quita el sueño a María esta madrugada. Le retumba en sus pensamientos la llamada que recibió hace unas horas.

“Algo te pasa”, le dice Jorge, su esposo y compañero desde que tiene 15 años. Ella no puede ocultar su angustia. “Es mi hermana mayor… parece que quiere dar a su bebé; no puede criarlo por cuestiones económicas. Y yo pienso que sería mejor que se quede en la familia”, le confiesa. El no lo duda. “Dale para adelante… mañana consigo la plata como sea y te vas a buscarlo”, le propone. Se abrazan. No están pensando en lo apretados que viven en esa minúscula habitación ni en todas las cosas materiales que les hacen falta. Sólo saben que amor sobra para recibir ese bebé.

María está nerviosa. Es 8 de diciembre de 2005. Sube al colectivo que primero la dejará en la Terminal y luego de 1.600 kilómetros la llevará hasta Buenos Aires, donde vive su hermana. Apenas la encuentra, le ofrece criar a su hijo, Pablo. Y aunque ella en un primer momento duda, su situación es desesperante y finalmente accede. Con el bebé en brazos (“fue amor a primera vista”, declara María) vuelve a tomar un micro y luego otro para subir el cerro y regresar a su hogar. La reciben, emocionados, los vecinos, los allegados, y la familia. Todos quieren alzar un rato al pequeño. Quieren besarlo y acariciarlo. Están fascinados por esos cachetes colorados y esos ojos color de cielo.

Por sus derechos

Han pasado casi 14 años desde ese viaje que hizo María, que en realidad no se llama María pero ese es el nombre con el que quiere que se conozca esta historia. Tampoco son Gómez. Ni su esposo es Jorge. “Hasta que todo se solucione queremos preservar nuestra identidad”, explica la mujer de 41 años. Ese “todo” del que habla es la causa judicial que ha sido noticia en estos días y que los involucra directamente. Porque sucede que Pablo ha solicitado a la Justicia que sus padres lo adopten y que pueda llevar el apellido del papá que lo crió. Así podrá tener, además, la misma identificación que tienen los hermanos con los que creció.

Este pedido se ha convertido en una novedad: se trata del primer caso de un hijo que solicita ser el adoptante de sus padres. Y deja un mensaje muy claro: los niños tienen derechos que deben ser respetados. Si quieren cambiarse el apellido por una razón justa que afecta su identidad, no hay necesidad de esperar hasta los 18 años.

La confesión

Para entender mejor la historia hay que volver a viajar en el tiempo. Año 2017. Los Gómez jamás le habían dicho a Pablo que no era hijo biológico de ellos. Todo el entorno sí lo sabía. Fueron “cómplices” sólo por ver feliz al niño. En la escuela firmaba las pruebas con el apellido de su familia aunque en las planillas figuraba con otro, el de la madre que lo trajo al mundo. Las maestras nunca dijeron nada.

“Yo había pensado muchas veces en confesarle la verdad. Pero no me animaba. Tenía miedo de que sufriera. Hablé con una asistente social y le pedí ayuda. Entonces, una noche esperé que todos se fueran a dormir, nos quedamos solos y le conté todo. El tenía 11 años. Se largó a llorar y lo abracé fuerte: le dije que nada iba a cambiar, que él era mi hijo igual que todos en casa”, cuenta María.

Habla pausado, con paciencia. Su mirada atraviesa la ventana y la luz le hace brillar los ojos verdes, ahora humedecidos por el relato. Desde hace nueve años los Gómez ya no viven en ese rancho diminuto. En el mismo terreno, poblado de rocas y pastos secos, donde antes habitaban en condiciones precarias, ellos levantaron una casa de dos pisos y seis habitaciones. Todo lo hicieron con mucho sacrificio. Ellos mismos fabricaron los ladrillos de adobe, cavaron los cimientos y diseñaron una vivienda grande y cómoda.

Para llegar hay que recorrer más de siete kilómetros desde la villa de Tafí. Primero, el asfalto impecable hasta la Banda. Luego vienen las calles de ripio poceadas y empinadas. En este lugar, enquistado en las montañas, no se respira smog y casi ni se oye el ruido de vehículos. Una densa neblina lo cubre todo.

Afuera hay viento y está helando. Pero en el comedor, pintado de rojo intenso, la gran protagonista es una estufa a leña que le gana la pulseada al termómetro. Es un lugar acogedor: hay una mesa grande con nueve sillas, un sillón de tres cuerpos bajo la ventana y un televisor que cuelga de la pared. Es ahora el espacio más usado por una familia que atravesó muchos momentos críticos. Primero, cuando se conocieron Jorge (44) y María (41), vivieron en Buenos Aires. A los 15, ella fue mamá por primera vez. Nunca más se separaron.

Hace 23 años se mudaron a Tafí en busca de un mejor futuro. Han trabajado a la par en todo lo que se les presentó. En sus inicios fueron a las cosechas (“volvíamos a casa sin poder movernos de los dolores”, recuerda ella). Los niños caminaban largos kilómetros para ir a la escuela donde pasaban casi todo el día. Luego apostaron a la construcción. Fabricaban ladrillos de adobe y hacían tareas de albañilería. Si había que subirse a los andamios, María no flaqueaba. Ahora, ella tiene un puesto de golosinas frente a la escuela a la que va Pablo y Jorge hace changas. Los hijos más grandes (tienen desde 19 hasta 25 años) trabajan o estudian.

Lo que vino después

Después de la tormenta que fue enterarse que sus padres biológicos no eran quienes lo habían criado, para Pablo siguió un camino difícil de aprendizaje y descubrimiento de verdades. Conoció a sus hermanos de sangre por foto y tuvo un encuentro con su mamá de la “panza”. Ella viajó a verlo. Se saludaron. Cruzaron algunas palabras. Se despidieron.

Entonces llegó aquel momento que Jorge describe con la piel de gallina. Pablo, que recién había cumplido 12 años, le dijo: “quiero tener tu apellido y que sea todo legal legal (sic)”. “Hijo, te prometo que vamos a hacerlo”, le contestó el hombre menudo, morocho, dueño de un admirable sentido del humor.

La historia de Pablo también fue la suya en cierta forma. A él su papá lo abandonó al nacer y lo crió su abuelo en Tafí del Valle, cuenta mientras levanta la cabeza y mira el cielo raso de madera que él prolijamente construyó. “No encuentro diferencia entre mis otros hijos y Pablo. Al contrario, aquí hubo onda desde el primer momento. Somos muy compinches. A los dos nos encanta el fútbol; lo llevo a la cancha desde chiquito, él me ayuda a veces con mi trabajo… lo amo y lo reto igual que a mis otros hijos”, detalla.

María reconoce que Pablo es el mimado de la casa porque es el más pequeño. Siempre fue un niño bueno y obediente, y muy atento, describe. Sorprendentemente de los seis es el que más se parece a ella físicamente: la cara finita, los ojos claros, los gestos. Nadie hubiese dudado nunca que ella no lo concibió.

“Al principio, cuando él iba a la primaria y tenía que hacer alguna excursión, se presentaban algunos problemas con las autorizaciones. Pensábamos que, ya que lo estábamos criando, podíamos obtener una guarda legal. Hicimos averiguaciones, pero todo era muy costoso y la plata apenas alcanzaba para comer”, recuerda. Luego asoma en su boca una mueca de felicidad: “cuando él nos pidió que lo adoptemos, ahí empezamos a mover cielo y tierra para conseguirlo”.

Se enteraron que en el municipio había un abogado que asistía a las familias que necesitaban ayuda legal y a él acudieron. Agustín Acuña en realidad es defensor oficial itinerante en lo Civil y del Trabajo de Concepción y Monteros, y viaja frecuentemente a Tafí del Valle, adonde atiende distintas causas.

Al poco tiempo Pablo ya tenía su pedido judicial en Tribunales. Para cambiarse el apellido, sus papás lo tenían que adoptar sí o sí. En la primer entrevista con la jueza Mariana Rey Galindo, a cargo del Juzgado Civil en Familia y Sucesiones del Centro Judicial Monteros, el adolescente le dijo: “quiero ser el hijo de mis papás y el hermano de mis hermanos: acomodame los papeles”.

En los últimos días recibieron una nota de la jueza que los llenó de ilusión. “Al parecer falta muy poquito para que salga la adopción y el cambio de apellido”, explica la mamá. Pablo (que es muy tímido) confiesa que la felicidad máxima será cuando tenga su documento nuevo. “Mirá que después de eso tu hermano te va poder pelear con más derecho”, bromea el papá. El lanza una carcajada. “Y yo le voy a ganar porque peleo mejor”, tercia el flaco vestido de alpino, canguro y zapatillas blancas. De a poco suelta la lengua. Se anima a contarnos que le gustan mucho los animales (va a una escuela técnica donde tienen granja), en especial los caballos. Le encanta jugar con sus amigos y por nada del mundo dejaría Tafí del Valle, confiesa.

También nos revela que una vez su papá biológico lo llamó por teléfono para invitarlo a Buenos Aires, pero él no quiso atenderlo. “Nosotros siempre respetamos su decisión; no lo obligamos. Además, le dijimos que si él se arrepiente de cambiarse el apellido se puede volver atrás”, explica María. “Eso ni loco”, interviene el joven que el 14 de octubre cumple los 14 años y sueña recibir como regalo una camiseta de Boca en la que pueda imprimir y lucir, por fin, el apellido que abrazó toda su vida.

En Tribunales
La decisión que tomó la jueza del caso

“Como vos me dijiste que querés ser hijo de tus papás, y como ellos quieren ser tus papás, lo que voy a hacer es que en los papeles figure de esa forma, y que vos también puedas tener el mismo apellido que tus hermanos, para que en todos tus papeles figures así como vos firmás desde hace mucho tiempo y como te conocen tus amigos y compañeros”, sostiene el escrito que la jueza Mariana Rey Galindo le hizo llegar al adolescente. La magistrada le explicó que había dos niveles de adopción, y que el más pleno implicaba cortar todo tipo de vínculo con la familia biológica. Pablo decidió que quería ese. En su fallo, la jueza también autoriza a los padres adoptivos a percibir la Asignación Universal por Hijo que corresponde, y los insta a que designen un porcentaje del dinero para que lo administre él.

Fuente La Gaceta

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