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Llora un trapo sobre el respaldo y lloran las sirenas por su primer compañero muerto

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Aguilares.- La bicicleta sale de la escuela, sigue la avenida Mitre hasta los semáforos, el conductor piensa en su clase, si gustó, si llenó sus expectativas, el semáforo se pone en verde dobla a la izquierda, baja por la Adolfo Alsina, mira el tinglado que esconde dos canchas de básquet, y una de vóley, se detiene en la esquina de la Vélez, su rueda hace lo mismo dejando el paso a los autos que pasan apurados, las motos siguen por detrás haciendo sentir el viento, mira, ve, escucha y cruza.

En la casilla de madera, un señor de más de cincuenta años, debajo de una mora inmensa tiene en su patio una bicicleta ruedas arriba, luce descamisado, mueve sus manos y saca la cubierta y después la cámara, al fondo se ve un techo de chapas de cinc, con una rampa para autos vacía, es temprano se dice son las once de la mañana, una silla reposera de tiras naranjas llora un trapo sobre su respaldo, dos sillas blancas hacen una ronda, un perro blanco manchado con chocolate olfatea el ambiente, el de la bici mira, busca, pero no ve nada, no hay nadie en el lavadero, no hay autos esperando el aspirado.

Nadie grita “Dieguiiitoooo”, el tampoco contesta “Nievitaaaaaaa”, no hay nadie, es lunes, es lunes por la mañana, no se repite el ritual del saludo mañanistico, ese en que el que primero notaba al otro se decían un

Hola Dieguito, ¿Como andas?
“Hola, Nievita, Bien ¿y vos?”, se escuchaba del otro lado.

Hoy no hay ritual, hoy ningún brazo se levanta con una rejilla desde un auto en la rampa, no, porque no hay autos en la rampa, no está el dueño del brazo. Hoy no hay brazos para sacar la mugre de los dueños de los autos.

La bicicleta sigue su camino, se frena y el ruido del sistema de freno chilla, cracccc, cracccc, cracccc, hasta que el dueño se baja. Entra a su casa, en la tv se sigue hablando del River-Boca que no se jugó, el recuerda la tv anunciando en la semana anterior “La Super Final”, “El Super Partido más importante del mundo”, con todos los canales de televisión augurando un futuro de un nuevo Campeón, de un Rey de Reyes, pero no, porque no se jugó, porque al circo se le cayó la carpa, y a él le seguía doliendo los muertos de la madrugada del viernes-sábado 24 de noviembre de 2018.

Porque ese Nievita que saludaba cada mañana era Juan Pablo Nieva, que murió esa mañana del sábado 24 de noviembre, en un accidente de dos motos, “Tito” como le decían no está en el lavadero de la calle Alsina y Vélez Sarsfield, a Nievita lo llevaron al cementerio la mañana del domingo 25 de noviembre, un rato antes que su trágico compañero José Graneros de 18 años.

Juan Pablo «Tito» Nieva

Porque cuando el domingo después de comer vio en “Infoaguilares” el cortejo fúnebre del aspirante a bombero, los vio entrar al cuartel que está en el ex mercado, vio que los bomberos con su uniforme de gala bajaban de la carroza fúnebre el cajón, moviéndose en forma protocolar, hasta dejarlo en el atril, seguido de un reconocimiento, más el ascenso de aspirante a bombero postmortem, cuando lloran las sirenas su primer compañero muerto, y ve que doblan la bandera, sacan el retrato, y ponen la gorra.

Un bombero camina engalanado hasta donde están el padre y la madre a quienes le entrega las ofrendas, llueven en el Facebook de la transmisión las caritas de llanto y los corazones, porque todos saben lo que sigue, el abrazo al padre del bombero, la sirena estalla, las caras de los compañeros y compañeras de José Graneros gotean lágrimas en posición de firme, el abrazo dura, y desde su teléfono el hombre siente que deberían hacer cola para saludar, y entregarse todos en ese abrazo, en el llanto.

Jose «Pocho» Graneros

¿Y se pregunta por qué será que, en Aguilares, hoy lunes se habla más de un partido que no se produjo que de un accidente de dos de sus conciudadanos?

¿Será por qué hemos perdido la capacidad de asombro?

Ya no nos asombramos ante la muerte, y solo seguimos como si nada, metidos en nuestras vidas, en nuestras aspiraciones mundanas, y lo trágico deja de ser trágico para ser solo una noticia más, una que se archiva en el cajón de los recuerdos.

El hombre cuando ve las imágenes del cortejo, cuando sacan el cajón y lo suben, no en la carroza de la empresa privada, sino que lo suben en la camioneta de los bomberos voluntarios de Aguilares, eso hace que entienda el valor del ritual, del protocolo, que hace que los compañeros de José se muevan de forma marcial, respetando los tiempos, ve en esa expresión un gesto de amor, una devolución ante lo imprevisto de su muerte, como lo que es, una ofrenda de esa institución que no sabe qué hacer ante la tragedia, que no puede detener lo inevitable.

Foto Bomberos Voluntarios Aguilares

La transmisión de Infoaguilares sigue, con el ruido de las motos que estallan detrás de los deudos, la voz de Carlos Saya en la esquina de la calle Alberdi y calle San Martín, se confunde con el sonido ensordecedor de las máquinas que braman.

Ese lunes en la escuela una compañera le comenta sobre el accidente, de lo improbable de repetir ese acto, de lo imposible de tratar de reconstruir la escena. Porque el choque se produjo en una intersección de dos rectas, la calle Diego de Villarroel y la Av. Belgrano, solo el tiempo puede hacer esos trucos de mal gusto, que dos motocicletas coincidan en lugar y tiempo con direcciones distintas. Porque es imposible repetir la escena, porque no es una escena, porque no es cine, es la vida real, y la vida real supera al séptimo arte y a cualquier arte. Y es ahí, en el mundo real donde el rito, la ceremonia, el protocolo, las formas, dan un alivio, en eso de no estar solos en la desgracia.

Por Diego Armando Diaz – Profesor universitario en Letras

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