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«No sé si gano mucho, me alcanza para vivir, pero sabes que no me importa, soy feliz tanque”

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Esta es la historia de un hombre que trabajaba en Santiago del Estero como profesor de Educación Física, y un día cansado del desarraigo, se propuso iniciar un proyecto independiente y lo hizo realidad en 2016.

Cada mañana en Aguilares desde el 29 de febrero de 2016, un hombre abre las puertas de su gimnasio, cada mañana que abre se juega la vida, cada mañana espera que llegue el primer ¿alumno, cliente, paciente? Porque no vende ningún producto, porque no médica, porque no enseña en el sentido estricto del término, cada mañana sabe que su emprendimiento se pone en juego, porque la vida de ese proyecto depende de que una persona entre en su local, sin esas personas lo que hace no tendría sentido.

Ubaldo su proveedor de mercancía, aparatos y accesorios dice, “Todo el mundo cree que con un gimnasio se gana mucha plata, pero no saben que para que te vaya bien tenes que laburar vos, sino no te rinde”, Julio hace rato que parece que sabe ese secreto, porque está al frente de su gimnasio, como hoy lunes 17 de diciembre en que lo llamó por teléfono y no me atiende, pero me dice «Siiii», por el whatsapp, cuando le pregunto si está en el gimnasio.

«¿Podemos hacer la entrevista hoy?», le pregunto en la vereda de su local, cuando conversa con una mujer y un hombre.
«Si, la hagamos», me dice a un costado de la ronda que se formó en la vereda del gimnasio, adentro se escucha música.
«¿Vamos a tomar un café?», señaló el bar de la esquina.
«No, tengo tres alumnas que las estoy ayudando, pidamos al mozo y lo tomemos adentro».
«Bueno», digo yo y pasó al gimnasio.

Me veo en el vidrio del frente cuando camino hasta un mueble de melamina que hace las veces de recepción, sobre la madera hay pomos de plástico de colores flúor. Dante el hombre que conversa con Julio me sigue y me pregunta: «¿de qué tienen que hablar con Julio?».
«De la plata que me debe, porque yo le di para que se compre los aparatos del gimnasio y todavía no me dio un mango», le miento para decir algo.
– «Ah». dice Dante.

Julio entra y la mujer lo sigue, “Bueno, entonces vengo a la siesta”, le dice ella. “Si, veni a esa hora está Julián, no hay problema”, responde él. La mujer lo saluda y sale por la puerta de dos hojas que tiene el gimnasio.

 

Llega Hugo (el mozo) con un café doble y un cortado, lo deja en el escritorio al costado de la computadora.
Yo estoy sentado del lado de adentro del mostrador, Julio está parado al frente apoyando los brazos sobre el nobiliario.

“Día del amigo en un camión”, disparó a quemarropa, lo sorprendo abre los ojos, me mira de costado.
«Si», duda se toma su tiempo y sigue, “eso fue en Recreo, era un día que hacía frio, nosotros andábamos repartiendo verdura en un camión por toda la ciudad, cuando terminamos de repartir estacionamos en una estación de servicio y comimos un sándwich con una gaseosa en el medio de cajones de fruta y de verdura, ese fue el peor día del amigo de mi vida, desde ese día me dije que nunca iba a volver a pasar por eso».

«¿Por qué trabajabas en eso?», eso era repartir frutas y verduras, para un camionero de Aguilares que se dedicaba, a comprar en el Mercofrut y vender por Catamarca y La Rioja. Y ellos hacían el trabajo de cargar y descargar la mercadería en los diferentes clientes que tenía el dueño del camión.
“Porque cuando me fue mal en la facultad, (estudió un año arquitectura en la UNT) mi mamá me dijo que si no estudiaba tenía que trabajar, y mi hermano trabajaba en eso. Un día de junio del 99, Chapa (su hermano) no podía ir a trabajar y fui yo, así empecé. Después intenté de nuevo en la universidad, (Arqueología) pero me fue mal, y empecé a trabajar en el Telecentro”, me dice cuando una chica de ropa deportiva negra lo llama, él se va yo aprovecho y escribo en mi libreta.

Julio César Varela en 2005, se recibió de profesor de Educación Física como abanderado del IESA, con un promedio de 8,05. Julio no tenía trabajo como profesor en su provincia, “El Tanque” como le dicen sus amigos trabajaba en un locutorio por unos pocos pesos.

Varela era uno de los tantos tucumanos que terminó sus estudios superiores y no conseguía trabajo de lo que estudio. El Tanque no se quería ir, como lo hicieron sus tres hermanos, que hoy trabajan en Neuquén, a más de mil kilómetros de Aguilares.

El decidió quedarse y pelearla. Él, de mañana trabajaba en el locutorio de la Av. Mitre y de tarde hacía cursos de perfeccionamiento docente para sumar puntaje, para poder trabajar como docente, esta forma de vida la alterno hasta 2011, cuando consiguió trabajo como profesor de educación física, pero en Santiago del Estero.

Foto Eduardo Medina

«¿Cómo empezaste a trabajar en Santiago?»
– «Una noche me fui a comer un sándwich con Chala, un amigo, mientras hablábamos de otras cosas, él me dijo ¿por qué no te vas a Santiago? Allá hay horas para profesores. Me dijo eso y así empezó todo, después fuimos a Santiago hacer los trámites, nos anotamos en una zona que nadie quería ir, que es La Candelaria, es un paraje en el Departamento Pellegrini, tuve suerte porque quedamos en el cargo, era septiembre de 2011″.
«¿Qué sentiste al saber que tenías trabajo?»
«Tenía una emoción tremenda, estaba re contento, sentía que al fin después de mucho tiempo me podía sacar un par de zapatillas y pagarlos a créditos».

Escuchaba su relato, desde el confort de mi banca, no le podía ver sus pies, pero sabia que tenia unas zapatillas deportivas nuevas, hoy a veinte años de habernos recibido de la Escuela Técnica N°1 de Aguilares, hoy comprendía porque había días en invierno en que mi amigo, iba a clases sin medias, nunca se lo pregunté, siempre creí que era un capricho de la adolescencia, o por gusto y cuando lo veía no decía nada, pero me parecía raro.
Termine de comprender esa necesidad de zapatillas como su mayor debilidad cuando le pregunte:
– «¿Y tu papá? ¿Qué sabes de él?»
El hombre se tiró para atrás con el cuerpo, respiro profundo y me dijo, «No sé nada de él, solo se que cuando yo tenía tres años el se fue, un día nos despertamos y él no estaba, nunca volvió desde ese día, éramos tres hermanos, mi abuelo se hizo cargo de nosotros, de mi vieja. Mi abuelo murió en 1987 y en el 88 mi abuela, mi mamá Alicia se fue cuando nació mi cuarto hermano, se fue a vivir a Santa Ana, nosotros nos quedamos en la casa con mi mamá Godoca, que es la hermana de mi madre».

María del Valle Barrionuevo (Godoca) desde ese día ella se quedó a cargo de los hermanos Varela, Godoca los mantuvo con el sueldo en negro de empleada doméstica que le pagaban la familia Costas, los dueños de la ex arrocera de la calle Vélez Sarsfield y Nueve de Julio, desde entonces a su madre biológica la llaman “La Alicia” y su tía es “mamá Godoca”.
Mamá Godoca, no tenía obra social, mamá Godoca no tenía boleta de sueldo, por eso no tenía crédito para sacar zapatillas en cuotas como lo hacen muchos o pocos, como lo hace hoy Julio, que como si fuese un desquite de tantos inviernos sin medias, en verano usa esos zoquetillos, junto con las zapatillas, que no le faltan.

Me dice después de escuchar a Georgina, que le pregunta «¿qué hago ahora?», él se va con ella y le da indicaciones, vuelve: “No te conté, pero yo sí lo conocí a mi padre”.
«¿Cómo?», le digo yo, «nunca me contaste».
– «Si lo conocí en 2014, tenía que ir a Córdoba, cuando estaba allá, se me ocurrió ir a visitar unos primos que tengo en Calamuchita. Estaba conversando con un primo, y me dice: «Julio nos dicen que tu papá está aquí, le habían avisado por teléfono, ¿lo queres ir a ver?». Yo dije que sí, y fuimos de la casa de mi primo a la casa de mi viejo hay cuatro cuadras, llegué me saludó, conversamos una hora y media».
«¿De qué hablaron?», pregunté yo.
– «De cómo andaba, a que me dedicaba, cosas de la vida, si fue un rato, yo me tenía que volver a Córdoba, lo que me sorprendió fue que cuando me iba el me dijo: “Chau hijo cuídate”. La Moni (su esposa) se quería morir cuando le conté, me dice levantando los dos brazos en señal de asombro, lo quería matar. Después de 34 años me ve y lo único que me dice es “Chau hijo cuídate”.

Cambio de tema

«¿Qué tal era trabajar allá, y cómo fue llegar y conocer esos lugares en Santiago?»
– «Era durísimo y triste a la vez, porque ellos no tienen agua potable como nosotros, no hay luz (electricidad), juntábamos el agua que nos traía de la represa un tractor, en un aljibe, a esa agua la usábamos para lavar los platos, las cosas de la casa, mira lo que es la vida, yo una noche, antes de trabajar en Santiago lo fui a visitar a mi hermano que vivía en Tucumán, hacía mucho calor, y el me ofreció que durmieramos juntos en su cama matrimonial, porque la pieza tenía aire acondicionado, y yo le dije que estas loco vos, y no quise dormir en la misma cama con mi hermano, en Santiago tuve que dormir un mes con un compañero de trabajo en una cama de una plaza, sin aire, mira como es la vida. Hoy todavía me pregunto qué harán allá, me acuerdo del día y se a la escuela a la que iba».
«¿Por qué dejaste?»
– «Me canse, el desarraigo yo ya me había casado y la veía poco a mi mujer, a mi familia, sentía que podía hacer otra cosa, que no podía estar tan lejos de mi casa«.
«¿Cuándo decidiste dejar de trabajar en Santiago?»
– «En el 2014, tenía en mente un proyecto, y con la Moni empezamos a ver que era posible, y empecé a tener la idea de dejar, dejé de trabajar en diciembre de 2015«.

Desde ese día se quedó sin trabajo, desde ese día se jugó la vida en ese proyecto que le permita poder vivir en su Aguilares, que asegura que es su lugar en el mundo, desde ese diciembre de 2015 espero hasta el 29 de febrero de 2016, en que vio funcionar su emprendimiento: Enforma Acondicionamiento Físico, el sueño del gimnasio propio.

«¿Qué sentías cuando abriste por primera vez el gimnasio?»
– «Recuerdo ese lunes, no pasaban las horas, me paraba en la puerta, no sabía que podía pasar, si estaba bien lo que hacía, hasta que entro mi primera alumna, sentí en ese momento que todo valía la pena, haber dejado la escuela, donde tenía un sueldo seguro. Lo que a mí me importa Cebolla, es ser feliz”, me dice un día en que no soy su reportero en que soy su amigo y lo escucho como un amigo que lo viene reporteando desde siempre.

«Yo no era feliz allá, extrañaba, todo esto, los amigos, la familia”, me dice otro día.
«¿Cómo te va Tanque con el gimnasio? ¿Te conviene?»
«Mira, no sé si gano mucho, pero me alcanza para vivir, pero sabes que no me importa, soy feliz tanque”, me dice a mí.

Por Diego Armando Díaz – Profesor universitario en Letras

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