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Recuerdos de una noche en Camelot: «Son las cinco de la mañana, y se lo que sigue, daremos la vuelta número cien de la noche por la escalera del medio»

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Aguilares.- Son las seis de la mañana, es jueves 15 de noviembre de 2018, por la ventana de mi pieza que mira hacia el este, se ve detrás de la mora el sol que comienza a levantarse, yo hago lo mismo veo mi teléfono, el celular no trae novedades, busco en YouTube algo para escuchar y ponerme pila, lo primero que me muestra el aparato es la imagen de Gustavo Cerati junto a una mujer, al costado se lee escalonado “En la ciudad de la furia”, Mtv unplugged.

Acepto el juego del destino y aprieto el botón del teléfono, el smartphone me devuelve la voz de Cerati que dice, “Vamos a invitar una amiga, que se llama Andrea de Aterciopelados, con quien estuvimos compartiendo la gira de Estados unidos, el frío de Estados Unidos” dice el músico de Soda estéreo, el video comienza con el preludio del tema, con el sonido metálico, pero yo ya me fui, me fui a otro tiempo ahora en mi mente estoy en la vereda de Camelot, en el Aguilares de los 90.

El «Turco» Charru nos dice a mi y a Lugones, “eso es rock, ¡qué temaaaaa!”, estira la cerveza al cielo en señal de victoria, su campera de cuero grita su movimiento en ese brazo extendido, yo lo miro y escucho la música que sigue sonando, al frente se ve las luces rojas que bajan y suben en forma de caída de fichas de dominó lumínicas, las dos ventanas del primer piso del edificio en forma de castillo, vomitan humo, juego de luces, y se ven los rostros que miran hacia abajo, uno de buzo rojo tira una entrada a otro de campera vaquero, que la busca por el piso, yo sigo con mis ojos los movimientos de Carabajal, el portero del boliche.

Carabajal mira hacia el nicho de la boletería se para de su banca de madera y entra a hablar con unos que piden descuento, como un gato en un tejado, camino hasta la puerta y entro, subo las escaleras mezclado con un grupo de chicos que están dando una vuelta por el boliche, la oscuridad del ambiente tira un velo que me hace imperceptible, con cada escalón voy perdiendo el miedo, una vez arriba volteo y miro por la baranda, pero el portero no se dio cuenta.

Saco medio cuerpo por la ventana y le silbo a mis amigos, ellos me ven y levantan la birra en señal de festejo, yo los saludo y me pierdo en la multitud que escucha el tema de soda, son las dos de la mañana, es viernes y estoy en Camelot, otra vez, camino por la barra buscando algún amigo, no veo a nadie, salgo al patio donde el humo de los cigarros no descubre a ningún conocido.

La música cambia, se escucha «La isla bonita», de Madonna, seguido de Cyndi Lauper“Girls Just Want to have Fun”, por la escalera aparece Pepe, seguido por un grupo de mujeres y hombres, suben a la pista principal que está rodeada por bafles de sonido, dos pilares en cada punta que se encienden y apagan las luces, que se mueven al ritmo de la música, explotan en los cambios de ritmo, ellos toman el centro de la pista, Pepe se mueve como un rey en medio de un propio séquito. Yo empiezo a buscar con quien bailar, mis «¿queres bailar?» estirando la mano, solo reciben varios “No, gracias”.

No me hago drama, voy a la barra y me compro una lata de cerveza bien helada, la tomó despacio lo he visto pasar a Julio con los changos del barrio Libertad, lo sigo y los alcanzó en el patio, están tomando esperma de pitufo sus vasos brillan por la luz, sus dientes relampaguean en la oscuridad, me pego a ellos, hablamos a los gritos, con Julio volvemos a la pista, ya son más de las tres de la mañana.

Un hombre de sombrero (Felix Almonte, «el forro») sube las escaleras, lleva camisa negra, un jean azul y botas mexicanas, de la mano lo acompaña una mujer, que va de cabellos suelto, saludan unos conocidos, y como si fuese todo organizado, orquestado suena la música de Creedence, ellos suben a la pista, se hacen del centro, todos los miramos incrédulos del espectáculo que vemos, ellos se mueven por toda la pista, la camisa se me pega, la sed me invade, la garganta se me seca, desde arriba, sobre la barra, suena una campana, tan, tan, tan, una voz irrumpe en la noche.

“Bienvenidos a una noche más de Camelot”, todos están parados, la música se detuvo estamos quieto como jugando al congelado, la voz sigue “gracias por venir, hoy regalaremos latas de cerveza”, de fondo explota un, Auuuuuuuuuuuuuu, Auuuuuuuuuuuuuuuuuu, es el momento de la sirena, todos se amontonan, desde arriba en la consola de sonido, vuelan latas, la gente se empuja, una lata cae, Julio se desparrama por una que gira por el piso, yo corro por detrás de él, pero ya es tarde, la tiene en sus manos, se para, el envase de aluminio transpira en sus manos, la abre, siguen volando latas, pero no hay caso no es mi día, no atrape ninguna. La sirena se apaga, mi amigo me convida su cerveza, por la garganta me baja la milenaria bebida, con cada trago, voy volviendo a la vida.

Los bafles estallan, “Esta pegaooo, Esta pegaooo, esta pegaooo, dime si te gustoooo, te gustoooo….» Fui a la discoteca a ver si me conseguía una fresca, me tomé mi trago y una … 

“Encarala” le digo a uno de mis amigos, en frente bailan dos chicas, “no, no anda vos» me dice, yo subo a la pista las luces van y vienen, mi camisa se estremece, me sudan las manos, repito una vez más la escena, «¿quieren bailar?» mi voz les suena pegada al oído, casi a los gritos, las chicas abren la ronda, yo tomo a una de la mano, el otro hace lo mismo, “Sigo siendo el maestro», nos movemos por la pista, la multitud estalla, la gente va y viene, nuestras compañeras se cansan, son las cinco de la mañana, y se lo que sigue, daremos la vuelta número cien de la noche, por la escalera del medio, bajaremos a la planta baja, la pista en el medio, está llena de parejas, es la hora de los lentos, nosotros también queremos bailar, “miénteme como siempre, miénteme que parezca de amor, necesito tenerte, culpable o noooo», miramos desde arriba, abajo en una especie de pileta de treinta centímetros de profundidad, se van formando parejas, que se mueven al ritmo de Luis Miguel, pero no es nuestro noche, solo miramos parados buscando con quien bailar lento, “Veni Cebolla tomemos un trago», escucho por mi espalda, giró y lo veo en la barra a Germán, “Uhh Gula, cómo andas”, le contestó, “Veni”, me hace señas con la mano, me voy hasta él. “No quiero estar sin ti, si tú no estás aquí me sobra el aire, no quiero estar así, si tú no estás la gente se hace nadie”

La música me toca el alma, y no quiero que termine esa noche, no quiero ver al fondo, no quiero que Rosana deje de cantar, quiero que el tiempo se detenga, porque si sigue, miraré al fondo veré la luz que viene llegando, y yo no quiero que pase, yo quiero volver a esas noches, a ese momento de los lentos, a subir y bajar las escaleras de Camelot, pero no hay caso el tema sigue, miró al fondo y veo el sol, que va sacando el velo de la noche, las personas se empiezan a ir, quiero gritarles «No se vayan, quédense un ratito más», pero tampoco me hacen caso, «Vamos» me dice Julio, «Vamos» le digo yo, salimos, cruzamos la puerta, a la oscuridad del boliche en un metro afuera nos recibe, la luz del día, parecemos salir de la caverna de Platón, caminamos a nuestra casa, volvemos ya es sábado por la mañana, el viernes ya pasó.

Así termina el relato de una noche en la mejor disco de Aguilares, “Camelot Disco”, publicada un viernes por la noche por Diego, quien sintió en el 2018 ese cosquilleo que sentía entonces en los 90.

Por Diego Armando Diaz – Profesor universitario en Letras

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